
El nacimiento de mi hija, Greta. Fue el 31 de enero pasado.
Era un evento que no estaba del todo seguro de querer fotografiarlo. Mejor dicho: sí quería que fuese fotografiado, documentado, pero no por mí. No todo lo que ocurre a mi derredor lo pretendo registrar o contar. Hay hecho importantes o reconfortantes o pequeños trozos sublimes de la vida que son mejor contemplados sin un visor en el medio.
Ni mi mujer ni el hospital accedían a que otro fotógrafo, un amigo, retratase el momento. Quizá pude haber insistido más, como estoy acostumbrado ante las negativas de las normas, pero me atuve.
Ya con la decisión de la cesárea tomada, todo se precipitó sin saber que así sería. No estar consciente de los tiempos, que serián rápidos, ayudó. El doctor, cuando me condujo al vestuario para que me disfrazase de médico -aunque fuera por media hora- que preguntó si tenía una cámara. Yo, sorprendido por la posibilidad que él me abría, le dije "pues sí, soy fotógrafo". "Entonces ve a buscarla". Corrí por los pasillos, llegué a la habitación y la tome.
Antes de entrar al quirófano (las cesáreas no son en una sala de partos), dispuse todo lo técnico para estar tranquilo: 400 ASA, el formato en RAW y una velocidad de obturación y un diafragma promedio. Insisto en que no pensaba en fotografiar el parto.
Pero entre el dicho y el hecho, la separación está dada por las circunstancias.
En el quirófano el ambiente era distendido. Todos charlaban animosamente entre sí, incluso nosotros con los médicos, con la partera, con la anestesióloga. Mientras, hice algunas fotos del rostro de mi mujer, con ojos asustadizos que en ese momento no vi.
Me detengo en este detalle, porque creo que nunca entendí lo que veía trás el visor de la cámara. Luego, pasados los días y revisando las imágenes en la computadora, me dí cuenta de esa mirada que en su momento creí tranquila, esperando el nacimiento de nuestra primer hija, y que no era tal. Había paura, solapada por la extrañeza de un ambiente extraño y por movimientos extraños y gente extraña en una situación única.
Y de golpe la anestesióloga se avalanzó hacia adelante para empujar la panza, y el obstetra me dice "la foto, la foto". Tomé la cámara y me pare del banquito en el que estaba, bajaron una cortina que nos impedía ver hacia la panza de mi mujer y allí estaba Greta con medio cuerpo saliendo del vientre materno. Hice la primera foto y, por algo instintivo, correjí la velocidad de obturación al ver la luz fuerte y brillante, típica de una sala de operaciones. Pero le di unas vueltas al control de la cámara sin fijarme nunca en el fotómetro. Además tenía un barbijo puesto que me empañaba el visor.
Hice fotos, pero pensaba: que sean lo que sean; no puedo componer bien, no estoy seguro de la exposición y, además, quiero presenciarlo con mi mirada pura.
Por lo que se ve, por el resultado, no fue tan así. Me parece que estuve más detrás de la cámara de lo que yo creí o quise y no me arrepiento aunque así parezca.
Ahora esta imagen nos acompaña y seguramente Greta la vea con la misma alegría que nosotros tuvimos. Rectifico: tenemos.